martes, 2 de septiembre de 2014

Rel2 T6 Signos y símbolos de la Iniciación Cristiana

Una celebración sacramental está tejida de signos y de símbolos. Según la pedagogía divina de la salvación, su significación tiene su raíz en la obra de la creación y en la cultura humana, se perfila en los acontecimientos de la Antigua Alianza y se revela en plenitud en la persona y la obra de Cristo.

Signos del mundo de los hombres

En la vida humana, signos y símbolos ocupan un lugar importante. El hombre, siendo a la vez corporal y espiritual, expresa y percibe las realidades espirituales a través de los signos y símbolos para comunicarse con los demás, mediante el lenguaje, gestos y acciones. Lo mismo sucede en su relación con Dios.

Dios habla al hombre a través de la creación visible. El cosmos material se presenta a la inteligencia del hombre para que vea en él las huellas de su Creador. La Luz y la noche, el viento y el fuego, el agua y la tierra, el árbol y los frutos hablan de Dios, simbolizan a la vez su grandeza y su proximidad.

En cuanto creaturas, estas realidades sensibles pueden llegar a ser lugar de expresión de la acción de Dios que santifica a los hombres, y de la acción de los hombres que rinden su culto a Dios. Lo mismo sucede con los signos y símbolos de la vida social de los hombres: lavar y ungir, partir el pan y compartir la copa pueden expresar la presencia santificante de Dios y la gratitud del hombre hacia su Creador.

Las grandes religiones de la humanidad atestiguan, a menudo de forma impresionante, este sentido cósmico y simbólico de los ritos religiosos. La liturgia de la Iglesia presupone, integra y santifica elementos de la creación y de la cultura humana, confiriéndoles la dignidad de los signos de la gracia, de la creación nueva en Jesucristo.

Signos de la Alianza

El pueblo elegido recibe de Dios signos y símbolos distintivos que marcan su vida litúrgica: no son ya solamente celebraciones de ciclos cósmicos y de acontecimientos sociales, sino signos de la Alianza, signos de las grandes acciones de Dios en favor de su pueblo. Entre estos signos litúrgicos de la Antigua Alianza se pueden nombrar la circuncisión, la unción y consagración de reyes y sacerdotes, la imposición de manos, los sacrificios y, sobre todo, la Pascua. La Iglesia ve en estos signos una prefiguración de los sacramentos de la Nueva Alianza.

Signos asumidos por Cristo

En su predicación, el Señor Jesús se sirve con frecuencia de los signos de la creación para dar a conocer los misterios del Reino de Dios. Realiza sus curaciones o subraya su predicación por medio de signos materiales o gestos simbólicos. Da un sentido nuevo a los hechos y a los signos de la Antigua Alianza, sobre todo al Exodo y a la Pascua, porque él mismo es el sentido de todos estos signos.

Signos sacramentales

Desde Pentecostés, el Espíritu Santo realiza la santificación a través de los signos sacramentales de su Iglesia. Los sacramentos de la Iglesia no anulan, sino purifican e integran toda la riqueza de los signos y de los símbolos del cosmos y de la vida social. Aún más, cumplen los tipos y las figuras de la Antigua Alianza, significan y realizan la salvación obrada por Cristo, y prefiguran y anticipan la gloria del cielo.

Catecismo de la Iglesia Católica, no. 1145-1152


Signos y símbolos del Bautismo
  • Señal de la cruz en la frente
  • Óleo de los catecúmenos
  • Agua
  • Vestidura blanca
  • Luz
  • Effetá
Signos y símbolos de la Eucaristía
  • Pan y Vino
  • Comida y Bebida

BAUTISMO

Señal de la cruz en la frente. Signación.

El celebrante, los padres y los padrinos signan al niño en la frente «con la señal de Cristo Salvador». Con este signo culmina la acogida que la comunidad cristiana hace al neófito.

La signación es uno de los ritos más tradicionales de acogida. De esta manera el que es presentado queda ya orientado en la línea de aquello que vendrá a ser por el agua y el Espíritu: un cristiano. Todo esto bajo el signo de la cruz gloriosa de Jesucristo, donde está «nuestra salvación, vida y resurrección».

Desde que Jesucristo murió en ella, la Cruz se ha convertido en el símbolo primordial de los cristianos. De instrumento de tortura para ajusticiar a los malhechores pasó a ser el símbolo por excelencia de la muerte salvadora. Para San Pablo la Cruz es como el resumen de toda la obra redentora de Cristo. La Cruz ilumina toda la vida del cristiano, da esperanza y asegura la victoria. Es señal de fidelidad: hay que tomar la cruz, cada uno la suya, y seguir a Jesús.

La señal de la Cruz en la frente es un gesto sencillo, pero de hondo significado. Es una verdadera confesión de nuestra fe: Dios nos ha salvado en la Cruz de Cristo. Es como si dijéramos: «estoy bautizado, pertenezco a Cristo, él es mi Salvador». A la hora de empezar a ser cristiano, esa señal es como una marca de fe y de posesión en Cristo Salvador. Por eso, siempre que hacemos la señal de la Cruz estamos recordando de algún modo nuestro Bautismo. La Cruz de Cristo es el origen y la razón de ser de la existencia cristiana. Esta señal nos acompañará durante toda nuestra vida.

Los cristianos hacemos con frecuencia la señal de la Cruz: unas veces nosotros mismos sobre nuestras personas, otras nos la hacen como en el caso de los sacramentos, invocando a la Santísima Trinidad. La Eucaristía, por ejemplo, comienza y termina con la señal de la Cruz.

Óleo de los catecúmenos. Unción.

Con el óleo de los catecúmenos se hace sobre el pecho la unción del Bautismo. «Para que el poder de Cristo Salvador os fortalezca, os ungimos con este óleo de salvación en el nombre del mismo Jesucristo, Señor nuestro». Es un gesto que recuerda a los atletas y luchadores, que ya desde antiguo se daban este masaje, preparándose para el combate y el esfuerzo.

En los primeros siglos esta unción tuvo sentido de exorcismo, de renuncia y de invocación contra todo mal. Ahora quiere transmitir la fuerza de Dios para el que empieza la vida cristiana, que probablemente será difícil. «Concede fortaleza a los catecúmenos que han de ser ungidos con él, para que, al aumentar en ellos el conocimiento de las realidades divinas y la valentía en el combate de la fe, vivan más hondamente el Evangelio de Cristo, emprendan animosos la tarea cristiana, y admitidos entre los hijos de adopción, gocen de la alegría de sentirse renacidos y de formar parte de la Iglesia». (Bendición del óleo de los catecúmenos).

"La unción, en el simbolismo bíblico y antiguo, posee numerosas significaciones: el aceite es signo de abundancia y de alegría; purifica (unción antes y después del baño) y da agilidad (la unción de los atletas y luchadores); es signo de curación, pues suaviza las contusiones y las heridas, y el ungido irradia belleza, santidad y fuerza. Todas estas significaciones de la unción se encuentran en la vida sacramental. La unción antes del Bautismo con el óleo de los catecúmenos significa purificación y fortaleza" (Catecismo de la Iglesia Católica, no. 1293-1294).

Benedicto XVI también nos ha hablado de este santo óleo en alguna de sus homilías:

"Tenemos en primer lugar el óleo de los catecúmenos. Este óleo muestra como un primer modo de ser tocados por Cristo y por su Espíritu, un toque interior con el cual el Señor atrae a las personas junto a Él. Mediante esta unción, que se recibe antes incluso del Bautismo, nuestra mirada se dirige por tanto a las personas que se ponen en camino hacia Cristo – a las personas que están buscando la fe, buscando a Dios. El óleo de los catecúmenos nos dice: no sólo los hombres buscan a Dios. Dios mismo se ha puesto a buscarnos. El que Él mismo se haya hecho hombre y haya bajado a los abismos de la existencia humana, hasta la noche de la muerte, nos muestra lo mucho que Dios ama al hombre, su criatura. Impulsado por su amor, Dios se ha encaminado hacia nosotros.

“Buscándome te sentaste cansado… que tanto esfuerzo no sea en vano”, rezamos en el Dies irae. Dios está buscándome. ¿Quiero reconocerlo? ¿Quiero que me conozca, que me encuentre? Dios ama a los hombres. Sale al encuentro de la inquietud de nuestro corazón, de la inquietud de nuestro preguntar y buscar, con la inquietud de su mismo corazón, que lo induce a cumplir por nosotros el gesto extremo. No se debe apagar en nosotros la inquietud en relación con Dios, el estar en camino hacia Él, para conocerlo mejor, para amarlo mejor. 

En este sentido, deberíamos permanecer siempre catecúmenos. “Buscad siempre su rostro”, dice un salmo (105,4). Sobre esto, Agustín comenta: Dios es tan grande que supera siempre infinitamente todo nuestro conocimiento y todo nuestro ser. El conocer a Dios no se acaba nunca. Por toda la eternidad podemos, con una alegría creciente, continuar a buscarlo, para conocerlo cada vez más y amarlo cada vez más. “Nuestro corazón está inquieto, hasta que descanse en ti”, dice Agustín al inicio de sus Confesiones. 

Sí, el hombre está inquieto, porque todo lo que es temporal es demasiado poco. Pero ¿es auténtica nuestra inquietud por Él? ¿No nos hemos resignado, tal vez, a su ausencia y tratamos de ser autosuficientes? No permitamos semejante reduccionismo de nuestro ser humanos. Permanezcamos continuamente en camino hacia Él, en su añoranza, en la acogida siempre nueva de conocimiento y de amor"" 
Benedicto XVI, Homilía en la Misa Crismal, 21 de abril de 2011.


Agua. Baño.

El agua del Bautismo debe ser agua natural y limpia, para manifestar la verdad del signo y hasta por razones de higiene, dice el Ritual en la Introducción.

El bautismo no es el agua, sino el baño del agua, que toma sentido en la fe, como acción regeneradora de Jesucristo. En el fondo, el que realiza la renovación y la regeneración es el Espíritu de Jesús Resucitado. El agua es el símbolo, el signo eficaz de este misterio de vida y de gracia que Dios nos comunica en el Bautismo.

«Oh Dios, que realizas en tus sacramentos obras admirables con tu poder invisible, y de diversos modos te has servido de tu criatura el agua par significar la gracia del Bautismo... Que esta agua reciba, por el Espíritu Santo, la gracia de tu Unigénito, para que el hombre, creado a tu imagen y limpio en el Bautismo, muera al hombre viejo, y renazca, como niño, a nueva vida por el agua y el Espíritu Santo» (Bendición del agua).

El agua sacia la sed, limpia y purifica. Se ha convertido en el signo de la pureza interior del hombre. Para los israelitas lavarse las manos antes de comer o de rezar, no era sólo cuestión de higiene, sino sobre todo de purificación moral. En el Bautismo, este aspecto purificador del agua, aunque no es el más importante, está presente como signo del perdón del pecado original, en el que todos nacemos. «Dios todopoderoso,.. te pedimos que este niño, lavado del pecado original, sea templo tuyo, y que el Espíritu Santo habite en él» (Oración de exorcismo).

Jesús es el Agua viva que apaga la sed. «El que beba de esta agua no volverá a tener sed». «El que crea en mí no tendrá nunca sed». En el Bautismo los creyentes renacen del agua y del Espíritu. El agua es símbolo de fertilidad, de fecundidad, de vida. Es el tesoro más preciado, sin el agua la tierra sería un planeta muerto.

En la oración de bendición del agua del Bautismo se desarrolla una admirable catequesis del significado del agua en el misterio de la salvación. "Oh Dios,... cuyo Espíritu, en los orígenes del mundo se cernía sobre las aguas,... que incluso en las aguas torrenciales del diluvio prefiguraste el nacimiento de la nueva humanidad,... que hiciste pasar a pie enjuto por el Mar Rojo a los hijos de Abraham,... cuyo Hijo, al ser bautizado en el agua del Jordán, fue ungido por el Espíritu Santo... Mira, ahora, a tu Iglesia en oración, y abre para ella la fuente del Bautismo...»

El Bautismo de Jesús en el Jordán es el prototipo de nuestro Bautismo. Hay dos formas de realizar el gesto del baño del agua: por infusión, echando el agua sobre la cabeza del bautizando, o por inmersión, sumergiendo al bautizando en el agua. Ambas formas son legítimas. Etimológicamente «bautismo» significa «sumergirse».

El sacramento del Bautismo significa el nuevo nacimiento, la incorporación a Cristo en el misterio de su Muerte y Resurrección. «¿Es que no sabéis que los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo, fuimos incorporados a su muerte?. Por el bautismo fuimos sepultados con él, en la muerte, para que así también nosotros andemos en una vida nueva» (Rm 6,3-4). Este misterio de incorporación a la Pascua de Cristo queda mejor expresado simbólicamente por el gesto de inmersión, y por eso lo subraya el Ritual, aunque de hecho, por razones prácticas, apenas se utiliza.

Antiguamente se consideraba «entrar en el agua» como símbolo de «entrar en la nueva vida con Cristo». La infusión de agua por tres veces sobre la cabeza expresa más bien la purificación que el agua realiza.

En la Vigilia pascual somos asperjados con el agua bautismal, después de renovar las promesas de nuestro Bautismo. Así recordamos que fuimos incorporados a la Pascua de Cristo, el paso de la muerte a la vida.

Vestidura Blanca. Imposición.

Los vestidos, además de su función protectora y estética, pueden tener una intención simbólica. El presidente y los ministros de la celebración se revisten de modo simbólico para su ministerio. Contribuyen al decoro y estética de la celebración, y ayudan a comprender el misterio que se celebra.

Después de la unción con el crisma, el padrino o la madrina impone al neófito la vestidura blanca. Es claro el simbolismo de este vestido . En los primeros siglos el recién bautizado lo conservaba puesto desde la Vigilia pascual, en que se celebraba el bautismo, hasta el domingo siguiente, llamado «Dominica in albis», o de la deposición de las vestiduras.

«N., eres ya nueva criatura y has sido revestido de Cristo. Esta vestidura blanca sea signo de tu dignidad de cristiano. Ayudado por la palabra y el ejemplo de los tuyos, consérvala sin mancha hasta la vida eterna». El vestido blanco quiere ayudar a comprender en profundidad lo que sucede en el Bautismo: convertirse en nueva creatura, revestirse de Cristo.

Originariamente la octava de Pascua fue concebida como una octava del Bautismo, para asegurar a los neófitos una catequesis postbautismal y orar por los nuevos miembros de la Iglesia. Este aspecto aparece destacado también actualmente en algunas antífonas y oraciones de la Misa. «Como niño recién nacido, ansiad la leche auténtica, no adulterada, para crecer con ella sanos». «Acrecienta en nosotros los dones de tu gracia, para que comprendamos mejor la inestable riqueza del bautismo que nos ha purificado».

Luz. Vela encendida en el cirio pascual.

En nuestra civilización de la luz artificial, la luz de unas velas, aunque no hicieran falta para ver, y aunque sólo fueran de adorno, puede significar muy expresivamente la fiesta, la atención, el respeto, la oración, la presencia de lo invisible, la felicidad, el paso a una nueva existencia iluminada por Cristo.

En la Vigilia pascual celebramos con el simbolismo de la luz la resurrección de Cristo y nuestro paso de las tinieblas del pecado a la vida en Cristo. En la celebración del Bautismo durante todo el año se enciende el cirio pascual como recuerdo gráfico de que al ser bautizados participamos en la Pascua del Señor.

El padre o el padrino enciende la vela en el cirio pascual, que le muestra al neófito, mientras el celebrante dice: «Recibid la luz de Cristo. A vosotros, padres y padrinos, se os confía acrecentar esta luz. Que vuestro hijo, iluminado por Cristo, camine siempre como hijo de la luz. Y perseverando en la fe, pueda salir con todos los santos al encuentro del Señor» (Bautismo de niños). «Has sido transformado en luz de Cristo. Camina siempre como hijo de la luz, a fin de que perseveres en la fe y puedas salir al encuentro del Señor cuando venga con todos los santos en la gloria celeste» (Bautismo de adultos).

En los primeros siglos se hablaba del Bautismo como de una «Iluminación». La vida nueva que el Espíritu dio a Cristo en la Resurrección (cirio pascual) se transmite ahora a cada uno de los bautizados (cirio personal).

En la Vigilia pascual todos los años encendemos nuestro cirio en el cirio pascual, que lo mantendremos encendido durante la renovación de las promesas de nuestro Bautismo y la profesión de fe. «Por el misterio pascual hemos sido sepultados con Cristo en el Bautismo, para que vivamos una vida nueva» (Monición para la renovación de las promesas bautismales).

"Effetá" ("Abríos"). Tocar los oídos y la boca.

Si al celebrante le parece oportuno, después de la entrega del cirio, puede añadir el rito del «Effetá». Tocando con el dedo pulgar los oídos y la boca del niño, dice: «El Señor Jesús, que hizo oír a los sordos y hablar a los mudos, te conceda, a su tiempo, escuchar su Palabra y proclamar la fe, para alabanza y gloria de Dios Padre. Amén».

La salvación que ofreció Jesús era una salvación total, espiritual y corporal a la vez. Y lo manifestaba continuamente con gestos visibles. Al sordomudo del evangelio, «le metió los dedos en los oídos y le tocó la lengua, diciendo: Effetá, ábrete». Ese "tocar" de Jesús es como la mano de Dios, que por medio de Cristo, sana, bendice, protege, comunica vida, perdona, da seguridad.

La Iglesia, en sus sacramentos, continúa esa acción de Jesús con el mismo lenguaje y sentido de cercanía espiritual y corporal.

Además, el rito del «Effetá» tiene el sentido que se desprende de las palabras que le acompañan, de «escuchar la Palabra» y «proclamar la fe». Para ello se le hace el gesto de abrir el oído y la boca, como Jesús «hizo oír a los sordos y hablar a los mudos».

El cristiano, desde su bautismo, es apto para escuchar la Palabra de Dios, y es deber suyo proclamarla. La Iglesia se edifica y crece escuchando la Palabra de Dios. La comunidad cristiana, ante todo, escucha esa Palabra de Dios, dejándose evangelizar por ella. Luego, la predica a la humanidad, dando testimonio de ella. De esta manera, la comunidad evangelizada, se convierte al mismo tiempo en evangelizadora. De creyente, en testigo misionero.

Y el cristiano celebra esta Palabra en la liturgia, dejándose iluminar y alimentar continuamente por ella. A la proclamación de la Palabra la comunidad cristiana responde con una audición llena de fe, dejándose interpelar por el Dios que le habla y traducir lo que ha escuchado en la realidad de la vida diaria. Y todo ello, «para alabanza y gloria de Dios Padre».


EUCARISTÍA

Pan y Vino. "Este es mi Cuerpo". "Esta es mi sangre".

La Iglesia, siguiendo el ejemplo de Cristo, ha usado siempre, para celebrar el banquete del Señor, el pan y el vino mezclado con agua. El pan para la celebración de la Eucaristía debe ser de trigo, según la tradición de toda la Iglesia; ázimo, según la tradición de la Iglesia latina. El vino natural y puro, sin mezclas de sustancias extrañas.

«En el corazón de la celebración de la Eucaristía se encuentran el pan y el vino que, por las palabras de Cristo y por la invocación del Espíritu Santo, se convierten en el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Fiel a la orden del Señor, la Iglesia continúa haciendo memoria de él, hasta su retorno glorioso, lo que él hizo la víspera de su pasión: «Tomó pan...», «tomó el cáliz lleno de vino...». Al convertirse misteriosamente en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, los signos del pan y del vino siguen significando también la bondad de la creación. Así, en el ofertorio, damos gracias al Creador por el pan y el vino, fruto «del trabajo del hombre», pero antes, «fruto de la tierra» y «de la vid», dones del Creador. La Iglesia ve en el gesto de Melquisedec, rey y sacerdote, «que ofreció pan y vino» una prefiguración de su propia ofrenda» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1333).

El pan es símbolo básico de la humanidad. Satisface el hambre, da fortaleza, y es símbolo de la misma vida. Para los cristianos el pan es uno de los mejores símbolos para comprender a Jesús, que se definió a sí mismo: «Yo soy el pan de la vida». Y en la última Cena estableció el pan como signo sacramental de su donación eucarística a los suyos. El mismo ha querido hacerse pan para ser alimento sobrenatural de los creyentes. En el primer siglo la Eucaristía se llamó «fracción del pan».

El vino es la bebida festiva por excelencia. Humanamente el vino habla de amistad y de comunión con los demás, crea alegría, infunde inspiración. Ya en el Antiguo Testamento, refiriéndose a los tiempos mesiánicos se hablaba de «un festín de vinos de solera; manjares enjundiosos, vinos generosos».

La varias copas de vino de la cena pascual judía expresaban la alegría festiva de su Alianza con Dios. En Caná, el vino nuevo, reservado para el final, simboliza claramente los tiempos mesiánicos inaugurados ya por Cristo. El se presentó a sí mismo como «Yo soy la vid verdadera». Y en la última Cena pronunció por vez primera las palabras que hoy se repiten en todas las eucaristías: «Tomad y bebed todos de él, porque es el cáliz de mi Sangre, Sangre de la alianza nueva y eterna, que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados».

El vino, apuntando a la Sangre de Cristo, nos pone en comunión con el sacrificio pascual de Cristo en la cruz, a la vez que nos hace pregustar anticipadamente la alegría escatológica del Reino. «Os digo que no beberé del fruto de la vid hasta el día que beba con vosotros el vino nuevo en el reino de mi Padre.

El Señor glorioso se identifica con el pan y el vino para darse él mismo como alimento y bebida. No eligió cualquier bebida, como podía haber sido el agua, la bebida más ordinaria, sino el vino, lleno de vitalidad y de fuerza. Es un magnífico símbolo de la vida y de la alegría que él nos quiere comunicar, y de su sacrificio en la cruz.

Se recomienda que se consagre pan nuevo en cada misa para los comulgantes, «para que incluso por los signos, se manifieste mejor la comunión como participación del sacrificio que en aquel momento se celebra». También se recomienda comulgar bajo las dos especies: «la comunión tiene una expresión más plena por razón del signo cuando se hace bajo las dos especies».

Comida y Bebida. Comer y Beber.

Comer y beber son los gestos centrales de la Eucaristía. La comida y la bebida con otros, en comunidad, del pan y del vino, que se convierten en el Cuerpo y la Sangre del Señor Resucitado, es el gesto simbólico que más ayuda a entender la Eucaristía, que además de signo de unidad fraterna reconciliada y festiva, en ella se nos da el mismo Cristo como comida y bebida para el camino.

Si el Antiguo Testamento comienza con el «no comáis», en el Nuevo Testamento se escucha el encargo de «tomad y comed. Si entonces la consecuencia sería «el día que comieras de él, morirás», ahora la promesa es lo contrario: «el que come de este pan vivirá para siempre».

El comer, humanamente, tiene el valor de alimento y reparación de las fuerzas. Pero a la vez se come como fruto del propio trabajo, se come en familia, con los amigos, en clima de fraternidad, con sentido de fiesta. En el contexto de la Eucaristía, es el «viático», el alimento para nuestro camino.

Beber no sólo apunta a la satisfacción de la sed, sino que se entiende fácilmente en sentido simbólico, porque además de la sed física, se puede tener sed de felicidad, de amor, de sabiduría.

"Lo que el alimento material produce en nuestra vida corporal, la comunión lo realiza de manera admirable en nuestra vida espiritual. La comunión con la Carne de Cristo resucitado, «vivificada por el Espíritu Santo y vivificante», conserva, acrecienta y renueva la vida de gracia recibida en el Bautismo. Este crecimiento de la vida cristiana necesita ser alimentada por la comunión eucarística, pan de nuestra peregrinación, hasta el momento de la muerte, cuando nos sea dado como viático".
Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1392.

"Además de unirnos con Cristo, el pan de la Eucaristía construye la comunidad. "La Eucaristía hace la Iglesia". Los que reciben la Eucaristía se unen más estrechamente a Cristo. Por ello mismo, Cristo los une a todos los fieles en un solo cuerpo: la Iglesia. La comunión renueva, fortifica, profundiza esta incorporación a la Iglesia realizada ya en el Bautismo. En el Bautismo fuimos llamados a no formar más que un solo cuerpo. La Eucaristía realiza esta llamada: «El cáliz de bendición que bendecimos ¿no es acaso comunión con la sangre de Cristo?, y el pan que partimos ¿no es comunión con el cuerpo de Cristo? Porque aun siendo muchos, somos un solo pan y un solo cuerpo, pues todos participamos de un solo pan»".
Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1396.

Con el simbolismo de la comida, Cristo expresó durante su vida terrena el perdón, la alegría del reencuentro, la fiesta, la plenitud y felicidad del reino futuro. El padre bueno acoge al hijo pródigo a su vuelta con una buena comida. Es expresiva la presencia de Jesús en comidas en casas como la de Zaqueo, de Mateo, del fariseo, de Lázaro. Lo mismo que las comidas de Jesús con sus discípulos antes y después de la Pascua.

"Los milagros de la multiplicación de los panes, cuando el Señor dijo la bendición, partió y distribuyó los panes por medio de sus discípulos para dar de comer a la multitud, prefiguran la sobreabundancia de este único pan de la Eucaristía. El signo del agua convertida en vino en las Bodas de Caná anuncia ya la Hora de la glorificación de Jesús. Manifiesta el cumplimiento del banquete de bodas en el Reino del Padre, donde los fieles beberán el vino nuevo convertido en Sangre de Cristo".
Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1135.